este lápiz que muerdo
este carboncillo que pinta
un diente mío
contiene mis nervios
contiene la espera
con todo te tiene
y con todo me enredo
La mamá te cuida.
A los cuatro años.
- Nene, párate quieto, que te está agarrando fiebre.
A los doce.
- Nene, venga para el hospital, que te vea el Señor Doctor esa tos que me preocupa tanto.
A los veintiuno.
- Nene, al penal de Badajoz, que lo dice el Generalísimo: allí te van a curar de lo de las miraditas que le echas al vecino.
- Nene, párate quieto, que te está agarrando fiebre.
A los doce.
- Nene, venga para el hospital, que te vea el Señor Doctor esa tos que me preocupa tanto.
A los veintiuno.
- Nene, al penal de Badajoz, que lo dice el Generalísimo: allí te van a curar de lo de las miraditas que le echas al vecino.
carta -escrita a máquina-
Pequeña, vas a aprender a escribir a máquina.
Vas a enseñar a tu mano dónde está la A, dónde la M, y dónde esa tecla larga y ancha -la más grande- que sirve para crear espacios, para construir silencios dentro de cada frase. Ahora comienzas, y eso que no hace nada que iniciaste el aprendizaje de lo que era una M y lo que era una A, y lo que era también esa cosa de separar palabras -aunque "hace nada" sean ya algunos años, veloces-.
Y me gustaría estar ahí, a tu lado, para enseñarte a hacer eso que ahora mismo estoy yo haciendo, sin darme cuenta. Mis ojos se pasean de la ventana a la pantalla, de la pantalla a un libro y de ahí a un dibujo que hay sobre la mesa, pero mis manos están escribiendo, Lucía, mis manos escriben solas todo el tiempo: se mueven como una araña de diez patas que trabajan mucho, se mueven para escribirte estas palabras, para escribir tu nombre con unas letras que están esperándome en el teclado, en su lugar preciso, en unos lugares que mis dedos aprendieron de memoria hace tanto, pero que tú ahora tendrás que buscar una y otra vez, tantas veces, no sólo con los dedos sino también con todos tus ojos, incluso con la boca y las cejas, con esa cara de concentración, esa cara de búsqueda... Y será difícil, seguro: al principio, parecerá que las letras juegan contigo, que se ríen, te engañan, que en cuanto dejas de mirarlas -de reojo, un día las vi hacerlo- saltan de las teclas y cambian sus sitios, en ese mar de tildes, comas, puntos, números y letras.
Pero créeme: aprenderás. Un día, Lucía, me estarás escribiendo una carta. Serás ya grande -o un poco menos pequeña- y me escribirás, quizás como yo, desde tan lejos. Y de repente verás que también tus manos se han convertido en juguetonas arañas que golpean el teclado en un orden perfecto... verás que tu corazón me dedica palabras y que las arañitas las escriben por ti... Será divertido, Lucía; es divertido y muy lindo aprender a escribir así, a máquina. Es casi magia que hace el cuerpo -y sus herramientas-.
Y eso sin contar con que, además, crearás una melodía, una solo tuya: con los golpes de las yemas de tus dedos en las teclas descubrirás, poco a poco, el ritmo de tus palabras, el pulso de tus pensamientos.
Quiero que conozcas lo que es eso.
Vas a enseñar a tu mano dónde está la A, dónde la M, y dónde esa tecla larga y ancha -la más grande- que sirve para crear espacios, para construir silencios dentro de cada frase. Ahora comienzas, y eso que no hace nada que iniciaste el aprendizaje de lo que era una M y lo que era una A, y lo que era también esa cosa de separar palabras -aunque "hace nada" sean ya algunos años, veloces-.
Y me gustaría estar ahí, a tu lado, para enseñarte a hacer eso que ahora mismo estoy yo haciendo, sin darme cuenta. Mis ojos se pasean de la ventana a la pantalla, de la pantalla a un libro y de ahí a un dibujo que hay sobre la mesa, pero mis manos están escribiendo, Lucía, mis manos escriben solas todo el tiempo: se mueven como una araña de diez patas que trabajan mucho, se mueven para escribirte estas palabras, para escribir tu nombre con unas letras que están esperándome en el teclado, en su lugar preciso, en unos lugares que mis dedos aprendieron de memoria hace tanto, pero que tú ahora tendrás que buscar una y otra vez, tantas veces, no sólo con los dedos sino también con todos tus ojos, incluso con la boca y las cejas, con esa cara de concentración, esa cara de búsqueda... Y será difícil, seguro: al principio, parecerá que las letras juegan contigo, que se ríen, te engañan, que en cuanto dejas de mirarlas -de reojo, un día las vi hacerlo- saltan de las teclas y cambian sus sitios, en ese mar de tildes, comas, puntos, números y letras.
Pero créeme: aprenderás. Un día, Lucía, me estarás escribiendo una carta. Serás ya grande -o un poco menos pequeña- y me escribirás, quizás como yo, desde tan lejos. Y de repente verás que también tus manos se han convertido en juguetonas arañas que golpean el teclado en un orden perfecto... verás que tu corazón me dedica palabras y que las arañitas las escriben por ti... Será divertido, Lucía; es divertido y muy lindo aprender a escribir así, a máquina. Es casi magia que hace el cuerpo -y sus herramientas-.
Y eso sin contar con que, además, crearás una melodía, una solo tuya: con los golpes de las yemas de tus dedos en las teclas descubrirás, poco a poco, el ritmo de tus palabras, el pulso de tus pensamientos.
Quiero que conozcas lo que es eso.
soy de

que soy de tierra
de raíces
de instinto.
dijeron que mis pies me equilibran
-y yo lo creo-
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imágenes,
palabras cortas
edificios
no lo sabemos
- alguien lo sabrá. no yo -
cuándo las personas empezamos a ver como natural
respirar amontonados: dormir, comer, bañarnos
unas encima de otras.
cuándo dejó de inquietarnos
que decenas de pares de pies taconearan sobre nuestras cabezas;
que muebles, agua, comida, barrigas, cemento, huesos,
quilos y quilos de materia pendieran a unos metros sobre nosotros.
cuándo decidimos identificar como hogar nuestro
aquel cubículo dentro de aquel piso dentro de aquel edificio dentro de esta ciudad.
y cuándo dejamos de darnos cuenta
de que esos ruidos que te molestan - esos, sí, en este instante -
son en realidad la voz de alguien, la cama de alguien, las sillas de alguien;
son sus movimientos, sus quejidos, sus palabras.
es su vida que transcurre en el piso de arriba:
su vida que ingoras,
y tu vida ignorada
en el espacio de abajo.
- alguien lo sabrá. no yo -
cuándo las personas empezamos a ver como natural
respirar amontonados: dormir, comer, bañarnos
unas encima de otras.
cuándo dejó de inquietarnos
que decenas de pares de pies taconearan sobre nuestras cabezas;
que muebles, agua, comida, barrigas, cemento, huesos,
quilos y quilos de materia pendieran a unos metros sobre nosotros.
cuándo decidimos identificar como hogar nuestro
aquel cubículo dentro de aquel piso dentro de aquel edificio dentro de esta ciudad.
y cuándo dejamos de darnos cuenta
de que esos ruidos que te molestan - esos, sí, en este instante -
son en realidad la voz de alguien, la cama de alguien, las sillas de alguien;
son sus movimientos, sus quejidos, sus palabras.
es su vida que transcurre en el piso de arriba:
su vida que ingoras,
y tu vida ignorada
en el espacio de abajo.
frente
qué pasa cuando
todo va
al revés, atrás la cuenta:
impedimentos.
qué
cuando quieres pero
cabeza ladrillo pared cabeza de nuevo
qué
cuando nada se abre
menos una cosa,
una sola:
tu frente.
todo va
al revés, atrás la cuenta:
impedimentos.
qué
cuando quieres pero
cabeza ladrillo pared cabeza de nuevo
qué
cuando nada se abre
menos una cosa,
una sola:
tu frente.
distancias
tanto dolía
aquel sentirte cerca
estando lejos.
y no era nada
comparado
con estar así de cerca
y sentirte tan tan
lejos.
aquel sentirte cerca
estando lejos.
y no era nada
comparado
con estar así de cerca
y sentirte tan tan
lejos.
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