Pequeña, vas a aprender a escribir a máquina.
Vas a enseñar a tu mano dónde está la A, dónde la M, y dónde esa tecla larga y ancha -la más grande- que sirve para crear espacios, para construir silencios dentro de cada frase. Ahora comienzas, y eso que no hace nada que iniciaste el aprendizaje de lo que era una M y lo que era una A, y lo que era también esa cosa de separar palabras -aunque "hace nada" sean ya algunos años, veloces-.
Y me gustaría estar ahí, a tu lado, para enseñarte a hacer eso que ahora mismo estoy yo haciendo, sin darme cuenta. Mis ojos se pasean de la ventana a la pantalla, de la pantalla a un libro y de ahí a un dibujo que hay sobre la mesa, pero mis manos están escribiendo, Lucía, mis manos escriben solas todo el tiempo: se mueven como una araña de diez patas que trabajan mucho, se mueven para escribirte estas palabras, para escribir tu nombre con unas letras que están esperándome en el teclado, en su lugar preciso, en unos lugares que mis dedos aprendieron de memoria hace tanto, pero que tú ahora tendrás que buscar una y otra vez, tantas veces, no sólo con los dedos sino también con todos tus ojos, incluso con la boca y las cejas, con esa cara de concentración, esa cara de búsqueda... Y será difícil, seguro: al principio, parecerá que las letras juegan contigo, que se ríen, te engañan, que en cuanto dejas de mirarlas -de reojo, un día las vi hacerlo- saltan de las teclas y cambian sus sitios, en ese mar de tildes, comas, puntos, números y letras.
Pero créeme: aprenderás. Un día, Lucía, me estarás escribiendo una carta. Serás ya grande -o un poco menos pequeña- y me escribirás, quizás como yo, desde tan lejos. Y de repente verás que también tus manos se han convertido en juguetonas arañas que golpean el teclado en un orden perfecto... verás que tu corazón me dedica palabras y que las arañitas las escriben por ti... Será divertido, Lucía; es divertido y muy lindo aprender a escribir así, a máquina. Es casi magia que hace el cuerpo -y sus herramientas-.
Y eso sin contar con que, además, crearás una melodía, una solo tuya: con los golpes de las yemas de tus dedos en las teclas descubrirás, poco a poco, el ritmo de tus palabras, el pulso de tus pensamientos.
Quiero que conozcas lo que es eso.
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un vaso
Varios ancianos deambulan por esa sala de paredes y sofás esterilizados. Otros están sentados, confundiéndose con el mobiliario. Pero la mayoría mira el ventanal que da vistas al jardín. Silencio.
Ella observa un vaso con medicamento naranja que tiene entre sus manos, arrugadas, pálidas, venosas. Permanece inmóvil en su silla de ruedas, con una manta de lana sobre las piernas.
Silencio. Alguien tose. Silencio y quietud.
Continúa con el vaso entre las manos, mirándolo.
Mis dos manos, tersas, rosadas, rodean las suyas. Estoy en cuclillas, frente a ella. Me mira, nos miramos. Me incorporo y la abrazo. Apoya el vaso sobre sus piernas, las manos lo sueltan. Tenemos las caras tan cerca. Acaricia mi rostro y, después, el suyo. Nuestras frentes, nuestros párpados, nuestros mentones... nuestras narices aguileñas. Sí, lo sé. Sonríe. Observa mi pecho, adornado con su colgante. Toca su cuello, su escote desnudo, coronado sólo con blandas venas. Mira al suelo. Desabrocho la cadena que pende de mi cuello y rodeo, con ella, el suyo. Por un momento recuerdo su tersa piel, su firme escote, el colgante bailando entre sus senos maduros pero vivos. Recuerdo las noches en las que me arropaba, las tardes en que cocinaba chocolate caliente, las mañanas de risas incansables.
Sonríe. Estrecha mi mano, me mira, separa los labios... va a hablarme.
Pero vuelve a rodear el vaso con las dos manos. Y no quita –ni quitará– la mirada de él.
Ella observa un vaso con medicamento naranja que tiene entre sus manos, arrugadas, pálidas, venosas. Permanece inmóvil en su silla de ruedas, con una manta de lana sobre las piernas.
Silencio. Alguien tose. Silencio y quietud.
Continúa con el vaso entre las manos, mirándolo.
Mis dos manos, tersas, rosadas, rodean las suyas. Estoy en cuclillas, frente a ella. Me mira, nos miramos. Me incorporo y la abrazo. Apoya el vaso sobre sus piernas, las manos lo sueltan. Tenemos las caras tan cerca. Acaricia mi rostro y, después, el suyo. Nuestras frentes, nuestros párpados, nuestros mentones... nuestras narices aguileñas. Sí, lo sé. Sonríe. Observa mi pecho, adornado con su colgante. Toca su cuello, su escote desnudo, coronado sólo con blandas venas. Mira al suelo. Desabrocho la cadena que pende de mi cuello y rodeo, con ella, el suyo. Por un momento recuerdo su tersa piel, su firme escote, el colgante bailando entre sus senos maduros pero vivos. Recuerdo las noches en las que me arropaba, las tardes en que cocinaba chocolate caliente, las mañanas de risas incansables.
Sonríe. Estrecha mi mano, me mira, separa los labios... va a hablarme.
Pero vuelve a rodear el vaso con las dos manos. Y no quita –ni quitará– la mirada de él.
(una de) binomio fantástico
No quiero comer pescado.
Aquel hombre se ha metido dentro de la sardina que hay en mi plato. Así, a la plancha, se le ha quedado tostadito el cuerpo, y los ojos se le han recubierto de una película gelatinosa bajo la cual sólo existe un rumor de lo que pudieron ser sus pupilas.
Ojos quemaditos; asados y acuosos. De sardina. De aquel hombre.
Tuve que cerrárselos en el hospital. Accidente de moto, fuego, hombre.
Los demás clavan los cubiertos en los pescados de sus platos. Cercenan sus cabezas, rebanan sus vientres, chupan sus espinas.
No. Yo no comeré pescado.
Aquel hombre se ha metido dentro de la sardina que hay en mi plato. Así, a la plancha, se le ha quedado tostadito el cuerpo, y los ojos se le han recubierto de una película gelatinosa bajo la cual sólo existe un rumor de lo que pudieron ser sus pupilas.
Ojos quemaditos; asados y acuosos. De sardina. De aquel hombre.
Tuve que cerrárselos en el hospital. Accidente de moto, fuego, hombre.
Los demás clavan los cubiertos en los pescados de sus platos. Cercenan sus cabezas, rebanan sus vientres, chupan sus espinas.
No. Yo no comeré pescado.
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